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Mi cuestión sexual es muy difícil de abordar y de tratar de una manera limpia y digna. Sin embargo, no cabe duda que lleva en sus entrañas la resolución de una porción no poco pequeña de muchos enigmas y oscuridades de mi estado mental. Me explico: estoy convencida de la repercusión de mi vida sexual en todos los fenómenos de la conciencia.

Desde mi punto de vista, un deseo de mis más bajos instintos no satisfecho, produce una serie de movimientos primarios y obstinados en mi cerebro que se van almacenando como el agua en un pantano. Esta acumulación de energía psíquica tiene que producir, a la fuerza, un desequilibrio en mi sistema nervioso. Este desequlibrio neuronal de origen sexual producido por la estrangulación de los deseos, modifica mi conducta que, al igual que una bestia acorralada, se ve empujada a realizar a los actos más rastreros y a las más abominables encerronas, secundada por mis acólitas sanguijuelas, claro está.

¿Cuál ha de ser la conducta de una madurita en esta década crítica desde los cuarenta hasta los cincuenta? ¿Seré casta y aceptaré el rechazo masculino para después morir entre la indiferencia general a causa de mi alcoholismo exacerbado? Este no es el caso corriente. Lo normal es que una divorciada abandonada no sea púdica ni honesta, nunca lo hemos sido.

La sociedad, bien percatada de ello, ha dejado una puerta abierta para la sexualidad que no tiene ningún interés social: la puerta de Tuppersex.

Como las colmenas tienen abejas obreras y abejorros inoperantes,vagos y zafios, la sociedad tolera las reuniones de Tuppersex.

Después de unos años de vida sexual puramente episódica en las fosas de la convivencia conyugal y consumida por los sinsabores de unas cuantas relaciones frustradas con hombres que, ante mi persona, abdicaron de su erección, estoy preparada para practicar con los juguetes e instrumentos más absurdos.

Hay muchos hombres que están a favor de abolir rotundamente el Tuppersex o, peor todavía, condenarlos a las cloacas de la ilegalidad o de lo furtivo porque sus "aparatitos" remedan las formas fálicas de exclusividad masculina. En mi caso, lo mismo da que me meta una cartera, que un tenedor, que un cep***o de dientes, que unas gafas...Se trata de sumisión o de desequilibrio.

Pero frecuentar las reuniones de Tuppersex significa codearse, convivir con lo más ruín de la población, con aquel feminismo de aguas fecales que actúa por venganza.

¿Y si me someto? Si una se somete está perdida. está irremisiblemente condenada a la confusión, a la sinrazón, a la enfermedad, a la histeria...es el andar merodeando el otro sexo como una loba famélica, es el vivir obsesionada con ideas lúbricas, es depredar la despensa y la nevera o saltear por los caminos farragosos del Badoo y del Facebook...Es ser la oveja sarnosa que un jefededepartamento-pastor separa de una patada al ostracismo porque le han llegado noticias abominables.

 

 

Os quiero a todos/as.

Pazqui.

 

 

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